Archivo de la Categoría Historias

Juan era un hombre como los de antes, de un pueblo blanco, robusto, simpático, aunque algo serio a veces, sobre todo cuando no le apetecía reír. A veces no te apetece reír y no por eso tienes que ser desagradable, siempre hay un término medio y es ahí donde siempre andaba Juan.

Todas las mañanas leía el periódico empezando desde la última página hasta llegar a la primera. No porque le gustara la sección de deportes ni el horóscopo, sino porque siempre le habían dicho que en todas las cosas lo mejor está en el final… Él no estaba seguro si creerlo, pero a sus años, ya jubilado, bajo un sol templado, un aire cargado con el olor del mar y una cervecita fría junto a un pincho de tortilla esperando sobre la mesa tenía pocos motivos para dudar de la veracidad de esa frase.

La hija de Juan era prostituta. Él prefería llamarla señorita de compañía y ella prefería llamarse a sí misma y ante sus amigos cajera de supermercado. Hacía ya siete años, 4 meses y 3 días que su esposa había muerto, y también hacia un montón de años que su hija era puta pero de eso no llevaba la cuenta. No es que no fuera importante, simplemente es que prefería pensar que llevaba poco tiempo como pensaba que aun habiendo pasado siete años desde la muerte de su mujer cualquiera habría dicho que fue ayer cuando la vio con los ojos abiertos por última vez… Si es que esta vida es para unos pocos –pensaba-.

Había dos cosas que Juan no soportaba de la noche. La cama fría, y esa sensación de tristeza que le nacía en el pecho día sí y día también desde que vivía solo. Así que cogía su coche y se iba a cuidar a su niña y a vigilarla de lejos a su lugar de trabajo sin que ella supiera que él estaba allí. Mientras, seguía fingiendo que no sabía nada y la vida iba según su curso. Para una persona que le quedaba tampoco iba a quejarse porque fuera un poco puta. Para un padre, una hija no puede ser demasiado puta, solo un poco puta y como sabía que no era por necesidad pues entonces imaginaba que era por gusto. No van a ser las demás menos prostitutas que su hija solo porque salgan en la tele y sean famosas, y si no que se lo digan a la Lewinsky o a esa que el novio le ha regalado dos tetas y un piso en Madrid… Quizá le venga de familia…, él había estado con la mitad de las chicas de su pueblo cuando era joven, aunque su mujer era una santa, tan santa como puede ser nuestra madre o hermana… pero quizá no su hija… pensaba mientras pasaba las páginas del periódico desde el final hasta el principio.

En una calle solitaria, mugrienta y con una fauna nocturna algo variopinta donde las ratas eran el menor de los males que podías encontrar Juan vio por primera vez a su hija meterse dentro de un coche y también sintió por primera vez que la vida se le escapaba por los poros de la piel. De eso hace ya muchos años, ahora simplemente se consuela pensando que a lo mejor lo hace por vocación y que quizá era más feliz así que trabajando como cajera. En esta vida, hay que ser feliz aunque a veces tengas que dejarte la dignidad por el camino.

“Una prostituta ha sido hallada muerta esta mañana en un polígono” leyó Juan tranquilamente… No podía ser su niña, él la había visto entrar en su portal antes de irse a casa a dormir lo que quedaba de la madrugada. De todas formas cogió el móvil y llamó:

  • Hola papa ¿Qué quieres?
  • Juan respiró aliviado al escuchar la voz de su hija.
  • Nada hija nada, solo quería saber que estabas bien… como no llamaste ayer…
  • ¿Ayer? ¿A que día estamos? Ah lo siento papá, cerramos tarde en el super y no me acordé de llamar –dijo con voz soñolienta-. Pero no te preocupes… Manu me acompaña a casa siempre, ya sabes…
  • Si… Manu… A ver cuando me presentas a ese tal Manu.
  • Ya te dije que no le gustan esas cosas papá… te llamo luego. Besos.
  • Besos hija… (y sonó el cuelgue del telefonó) ¿En que momento te soltaste de mi mano…?

Dejó el móvil encima de la mesa, respiró hondo y volvió a pasar la página del periódico de izquierda a derecha, desde el final hasta el principio… Soñando con volver a aquella vida pasada en la que todo era mejor, cuando su mujer estaba viva…, cuando su hija se sonrojaba al mentir…, porque lo mejor de su vida, estaba al final de todos los años que habían pasado… en el principio… de delante hacia detrás, del ahora a aquellos momentos pasados… Y fue entonces cuando no deseó estar muerto, sino no haber nacido… aún.

Todas las noches se sentaba a su lado y la miraba bajo aquella tenue luz de la habitación. Sus cabellos oscuros se recogían suavemente a la espalda formando una cascada brillante y sugerente, y dejaba al descubierto un bellísimo rostro que acentuaba unos labios pequeños y rosados que sin articularse inspiraban las mas bellas palabras y el mas dulce gesto que un hombre jamás hubiera deseado. Aquellos ojos con los que le miraba tenían una luz propia que llenaba la habitación y el corazón de cualquier mortal que se atreviera a mirarlos, eran claros como el agua, profundos y de una belleza solo comparable al mas ostentoso de los diamantes que hubiera sobre la tierra o bajo ella.

Aquel cuerpo contenía la belleza de miles de sirenas que formaban con sus cantos unas tímidas curvas que ni el pincel del más virtuoso de los pintores habrían podido expresar en toda su perfección.

Como cada noche… la miraba sin poder acercarse, sin poder rozarla. La observaba hora tras hora, enamorado de una belleza que no conocía límites, aquella piel era su credo, su religión, su gran pecado y su gran maldición. Era tan delicada…, tan frágil… que sus ordinarias manos podrían dañarla sin remedio. Así que como cada noche también, se limpiaba la amargura que brotaba de sus ojos en forma de lágrimas y salía de la habitación dejando atrás una vitrina de apenas treinta centímetros que contenían el amor hecho de porcelana encerrado entre cuatro cristales. Y cerraba la puerta tras de sí pensando en cómo era posible poseer el amor, tenerlo tan cerca… y no poder disfrutarlo.

A los peluseros, enamorados de una muñeca de porcelana.

Toni P.

- Usted comprenderá que he hecho un largo viaje para llegar hasta aquí y al menos quisiera que me escuchara antes de volver por donde he venido Don Manuel…

Don Manuel, absorto, escuchaba con atención sentado en un sofá que fácilmente podría haber sido robado de algún palacio del siglo XV. Vestía un cuidado traje italiano oscuro, como los actores de las películas de Hollywood, apoyado sobre una camisa de seda blanca que contrastaba con una piel curtida y dura, pero elegante. En su rostro ya se notaban los años convertidos en sabiduría, sus ojos habían sido testigos de tantas cosas que harían palidecer de envidia al mas osado aventurero que tuviera los pies sobre la tierra, su boca recordaba los besos de cientos de mujeres, su pelo, peinado hacia atrás formaba unos pequeños remolinos que debían ser el perpetuo rastro de una cabeza que nunca paró de hacerse preguntas sin encontrar respuestas. Sus zapatos reflejaban un casi enfermizo afán por la limpieza y la pulcritud. Apuntando una postura, casi aristocrática que se dibujaba en el fondo de una antigua habitación en la que en algún momento, muchos años atrás, el tiempo decidió tomarse un largo descanso. En su mano, una gran copa con absenta y mucho hielo le ayudaba a relajarse en aquella conversación.

Al fondo de la habitación, en un rincón donde la luz era casi inexistente una anciana voz hablaba con fuerza.

- … Don Manuel, creo que usted es la persona idónea para cuidar del trabajo que he realizado en todos estos años. A mi, como sabrá, la vida no me permitió formar una familia. La empresa absorbió todo mi tiempo desde el momento en que me fue cedida, pero mis años no pasan en balde y me veo irremediablemente obligado a pasar un testigo que una vez me llegó como hoy le llega a usted. Permítame decirle que me ha costado muchísimo decidirme, pero ahora estoy seguro al cien por cien de que usted será capaz de llevar esta historia hasta niveles no vistos jamás…

Don Manuel escuchaba callado. Mientras su interlocutor, nervioso, viejo y un tanto ajado consumía sus últimas palabras en intentar convencerle de que debía dar una respuesta afirmativa a su proposición… Nunca supo de nadie que hubiera mostrado ningún tipo de duda ante tamaña oferta… Quizá, al fin y al cabo, Don Manuel no fuera una buena opción, pero no… él nunca se equivocaba. Un tanto confundido siguió hablando.

- Don Manuel, ¿No le satisface la idea del poder absoluto…? ¿De verdad no desearía salir de entre estos trastos viejos y olvidados? – Dijo señalando varias partes de la habitación- Está bien, le daré unos días para que se lo piense… ¿Alguna pregunta?

Pero don Manuel no movió ni un solo músculo. Su interlocutor se levantó torpemente y recorrió lentamente la habitación sin decir nada, abrió la puerta y un momento antes de cerrarse tras él, Manuel preguntó:

- ¿Por qué a mi…?

La figura que momentos antes estaba saliendo por la puerta giró apenas treinta grados y le miró por la espalda.

- Para esto necesitamos a alguien justo y con experiencia… Y no a un vulgar asesino…

Tras decir esto, salió por la puerta cerrándola lentamente. En el suelo, tras sus pasos se habían formado unas misteriosas llamas que resplandecían en la oscuridad de la habitación, y en el ambiente un insoportable olor a azufre embriagaba los sentidos…

Don Manuel, aun sin moverse de su asiento soltó la copa en la mesa y cerró los ojos lentamente hasta caer en las suaves garras del sueño. La respuesta… la pensaría después.

Aquel día como muchos otros se arregló un poco y echó en el bolsillo algunos chicles de menta de esos que solo necesitas cuando no tienes ninguno. Salió a la calle con un cosquilleo en el estómago que no recordaba tener desde que era solo un niño y soñaba todas las mañanas con ver a esa amiguita especial que tanto le miraba en clase.

Por la calle se repetía a si mismo que ese era el día, debía ser valiente, debía ser un león. Tendría que ser un hombre… pero en el fondo sabía que prefería luchar en la Batalla de Normandia con las bombas rugiendo a su alrededor que enfrentarse a aquella mujer… una extraña mezcla entre la dulzura del azúcar y la frialdad del hielo.

Como todos los días esperó pacientemente bajo la luz tenue de aquella bonita farola intentando mantener esa postura elegante que impidiera que la ropa se le arrugara, y que a la vez pareciera lo mas improvisada posible.

Ella salió de ese edificio sobre unos zapatitos pequeños, con unos vaqueros y una camiseta que ceñían en suaves pinceladas el mismo pecado convertido en carne, y que al roce de su piel conseguía convertir en las sedas mas suaves y exóticas que este mundo había conocido jamás. Él apretaba sus manos intentando que la sangre que movía esa irresistible forma de andar hasta la mitad de su cuerpo volviera a subir por donde había venido y le permitiera pensar con claridad. Y cuando por fin lo conseguía, una pícara sonrisa de medio lado y una penetrante mirada capaz de evaporar su cuerpo en un segundo lo acababan dejando fuera de combate, mirando como un tonto como se le volvía a escapar la oportunidad de confesarle al oído sus mas oscuros y carnales deseos. Mientras…, ella se alejaba despacio esperando notar sus manos por la espalda y que un cálido beso le rozara el cuello…

Así siguieron durante mucho tiempo, amándose en secreto, viviendo un duelo de cobardes donde por una vez, el vencido escribiría la historia.

Ese día él volvió a esperarla y ella volvió a salir por la puerta del edificio. Apretó de nuevo las manos y anduvo decidido hacia ella. Ese día seria diferente pasara lo que pasara. Y cuando faltaban unos pocos pasos para llegar hasta ella la miró a los ojos y antes de que pudiera decir una sola palabra sus pies se pararon en seco… Se dio la vuelta y se fue para no volver jamás a ese lugar bajo la luz de la farola…

Esa misma noche se quitó la chaqueta al llegar a casa, se sentó en la cama, buscó en sus bolsillos y no encontró más que unos chicles de menta, buscó en su memoria y solo pudo ver unos grandes y hermosos ojos que habían dejado de amarle…

A todos los cobardes que buscan ser valientes,
y a todos los valientes que no reconocen ser cobardes.

Toni

De pronto algo me sacó un segundo de mi agonía, una mano helada como el hielo me tocó por detrás, acariciándome cariñosamente el pelo y escuche una voz que decía con alivio:

- ¡Has venido! ¡Por fin estas aquí!.

Abrí los ojos levemente y una nube gris no me dejaba ver ni siquiera el rayo mas claro de sol. Mirando hacia la lejanía intenté incorporarme lentamente.

- ¿Ángela…, eres tu? – susurré con lagrimas en los ojos.

Aunque no la vi, reconocí esa voz dulce y suave que cada día me hablaba en sueños, y la forma de acariciarme que tanto había echado de menos. Mientras me incorporaba para mirar quien me tocaba, las fuerzas me fallaron y no me pude mantenerme en pie, o quizá aquella mano me empujo levemente… en caso es que caí por el precipicio que tenia tras de mi, y mientras caía pude ver como una cabeza asomaba por el filo por el que había caído. De pronto recibí un golpe seco en el pecho y vi que había quedado enganchado en una rama que crecía en la pared.
Sin fuerzas ya, abrí los ojos por ultima vez y miré al fondo de aquel inmenso pozo. Vi unas ropas, la ropa que Ángela llevaba el día que desapareció. ¿Qué hacían allí aquellas ropas?. Hice un último esfuerzo por fijar la vista y me di cuenta de lo que me temía, no estaban solo las ropas. Al ver esto, mi cuerpo volvió a caer como un muñeco de trapo hacia la oscuridad…
Un fuerte golpe contra el suelo hizo crujir mi cráneo como un jarrón que se rompe. Un ultimo aliento se me escapó con el golpe, y a mi lado estaba su cadáver, orgulloso pese al tiempo. La energía me fue abandonando en cuestión de segundos y se hizo la oscuridad en mis ojos y en mi pensamiento…

- ¿Toni? ¿Toni?. Ahora estás conmigo. Te he esperado durante tanto tiempo… Tenía miedo pero ahora estás aquí conmigo. Ya no temo a nada.

Al escuchar esto, pensé – ¡Dios mio, esto es un milagro, estoy vivo! -. Me incorporé entre el ramaje y vi mi cuerpo allí tendido en un charco de sangre junto al de Ángela. Con los ojos fijos y sin creerme lo que estaba viendo, me arrodillé frente a la macabra visión y me quede unos segundos intentando asimilar lo que estaba pasando. Cuando un cálido abrazo me acogió desde atrás por el cuello. Volví la cabeza lentamente, y ahora no había ninguna duda, era ella:

- Era la única forma de que estuviéramos juntos, lo siento. Tu sufrimiento ha terminado. Ahora estas conmigo.

Le cogí las manos y mirando el rostro que tantas noches había echado de menos solo le pude decir.

- Lo único que lamento es no haber venido antes.

Y los dos nos fundimos en un eterno abrazo, dandonos cuenta de que ahora, el tiempo era nuestro…

Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV
Parte V

Aqui termina la historia con la que gané un segundo premio en relato corto en un certamen a nivel de institutos de Málaga.

Espero que os haya gustado.

Al fin llegué a aquel lugar, ya no me acordaba de lo hermoso que era. El sonido de los pájaros, aun en un día así, se podía escuchar, y llenaba de alegría hasta el día mas triste. Las flores coloreaban la hierba con tímidas pinceladas de color y un río que le había robado su color azul al cielo serpenteaba a un lado del camino. En aquel lugar no había nadie que me pudiera ayudar, pues era un lugar que conocía poca gente, así que me senté en una piedra al borde de un precipicio rocoso donde solía pasar con ella algunas tardes de verano a pensar que no tenia sentido lo que había hecho, pues allí no había nadie.
Me costaba mucho respirar, y me aparté la chaqueta con el brazo que curiosamente no parecía dolerme, cuando me di cuenta de que tenía algo clavado en el pecho. Parecía un trozo de chapa que seguramente se había desprendido del chasis. Fue en ese momento en el que supe, que mi viaje a aquel lugar no teoría retorno. Lo apreté fuertemente por el extremo que sobresalía y tiré de él hacia atrás, sintiendo como se enganchaba con las costillas y gritando de dolor hasta casi perder el sentido. Una vez fuera, sentí que podía respirar mejor, pero me di cuenta de que perdía mucha sangre por esa herida…

III

Supe desde el primer momento que esa herida era mortal, pues no hace falta ser médico para saber que te estás muriendo, eso es algo que cuando te pasa, lo sabes y punto, y yo lo sabía. Me sentía mas débil por momentos…, si por lo menos pudiera despedirme de… ¿de quien? La verdad es que no tenía a nadie. Desde que ella se fue de mi lado me encerré en mi mismo y deje fuera al mundo, ¿Y esto es mi merecido? ¿Morir solo? Un terrible miedo me atrapaba por momentos, allí sentado sentía las manos y los pies muy fríos, temblaba incontroladamente, y la herida no paraba de sangrar.

- No quiero morir, me da miedo no saber que me espera… – susurré -.

Poco a poco fui dejando que las fuerzas me llevaran, y fui cerrando los párpados mientras escuchaba voces en mi cabeza. No decían nada, o por lo menos no entendía nada de lo que decían.

De pronto algo me sacó un segundo de mi agonía, una mano helada como el hielo me tocó por detrás, acariciándome cariñosamente el pelo y escuche una voz que decía con alivio:
… Dentro de poco, la última entrega :).
II

Después de leer esto, unas nuevas lágrimas nublaron mi vista. ¿Qué tipo de persona era capaz de escribir algo así?, ¿Qué significaba todo esto?. No era fácil tomar una decisión en el estado en el que me encontraba pero tampoco creía que lo correcto fuera olvidarse de la carta y no pensar mas en ella, aunque he de admitir que me sentí tentado a hacerlo. Así que decidí tomar una decisión rápida, de lo contrario me lo pensaría demasiado y acabaría por no hacer nada…. Era mucho lo que habia sufrido y hacia ya tiempo que habia llegado al limite…

Pero decidí ir a ese lugar al que yo sabia que se refería en la carta para intentar buscar alguna respuesta que al menos me dejara vivir tranquilo por un tiempo. Quedaba a media hora de camino en coche. Así que me guardé la carta en el bolsillo derecho de la chaqueta y salí a la calle. Arranqué y aceleré camino a la autovia.
El trayecto en el coche se me hizo eterno, mi mente no dejaba de tramar ideas de la posible autoría de la carta, aunque sin saber por qué, una parte de mi pensamiento estaba seguro que quería hacer lo que en ese momento estaba haciendo, ir a donde carta decía.
La monotonía del paisaje se hacia pesada, solo faltaban cinco minutos para llegar. Cinco agonizantes minutos que me mostrarían la verdad sobre este asunto. Si al llegar allí no había nadie, al menos sabría que era una broma y me volvería a casa a tratar de olvidar todo lo acontecido, de lo contrario… prefería no pensar lo que podía pasar, pues la supuesta muerte de mi mujer nunca fue aclarada, y por mi parte ya habia pensado tantas cosas que me costaba creer cualquier cosa.

- Ángela ¿estarás viva? ¿es posible que seas tu? – dije para mi -.

Y en ese momento una voz, como un susurro, se escucho en el asiento trasero del coche. Era una voz de mujer, melancólica como la de un preso que ve la luz en una celda de castigo. Rebosaba compasión y rencor a la vez, pero ante todo tenia un profundo sentimiento de descanso.

- Si supieras cuanto tiempo te he esperado… – se oyó.

Yo aterrorizado volví la cabeza hacia atrás y logré ver por un momento una sombra muy tenue que yacía quieta y amenazante en el asiento trasero del coche. Ahogué un amargo grito y en los segundos siguientes solo recuerdo un gran estruendo. Mi cabeza chocaba contra el interior del coche, y aquella lavadora gigante no paraba de dar vueltas y mas vueltas… No recuerdo cuando paró, solo que cuando desperté estaba bocabajo y una nube de sangre me tapaba la visión. El coche estaba volcado sobre su parte superior y la mitad de mi cuerpo asomaba por la ventanilla, cuando de pronto me vino a la cabeza aquella extraña figura que me había hablado momentos antes. Así que, sin pensar en el accidente salí del coche aun asustado, para alejarme de él y ponerme a salvo de esa cosa fuera lo que fuera.
Al levantarme y salir de aquel amasijo de hierros me di cuenta de mi estado. Sangraba mucho por todo el cuerpo. Veia tanta sangre que no llegaba a ver por donde salía. La boca la tenia pastosa y también ensangrentada, puede que uno de los brazos lo tuviera partido, y un punzante dolor en el pecho apenas me permitía respirar. Mientras, con la manga de la chaqueta me limpiaba los ojos y fue entonces cuando vi, que el sitio a donde tenia que llegar estaba solo a unos pasos.

-Si he llegado hasta aquí, debo seguir. – pensé -.

Proseguí mi camino hacia aquel lugar. Miles de alfileres se clavaban en mi cabeza. No llegué a lamentar mi mala suerte, pues desde el momento en el que salí de mi casa, supe que algo malo pasaría.

Ante todo, pido disculpas por todo el tiempo que he estado ausente. Al principio fue una crisis aguda de falta de inspiración, al final fue simplemente que debo tener una fuga de horas por ahí, y no hay forma de dar con ella.

También pido perdón a todas aquellas personas a las que leo habitualmente. Ya que dentro de poco tengo exámenes y no dispongo de todo el tiempo necesario para leerlos. Aunque mas que perdón a ellos/vosotros, tendría que pedirme perdón a mi mismo por perderme esas maravillosas cosas que ponéis. Nunca olvidéis que estas lineas son algo mas que historias… para mi son pequeños retazos de vidas que dejan una invisible estela en este mar de internet, y agradezco la suerte que tengo de encontrar algunas de ellas y poder beneficiarme con sus mensajes. Los blogs, los bien elegidos, los que contienen un verdadero mensaje… son como de un gran abuelo, o las vivencias de un gran amigo. Nunca olvidéis que somos finas estelas en el mar, y que el destino ha hecho que las hayamos encontrado.

Si mas dilación, pues el tiempo no me sobra… aquí va la tercera, aunque no ultima parte de mi historia. Espero que la sigais disfrutando a pesar de este parón. Espero poder estar muy pronto compartiendo vuestras historias.

Salí de mi asombro y aun tenía la carta entre las manos, cuando el amargo sabor de la derrota caló como un puñal en mis huesos, y arrojando al suelo la espina que esa mañana de invierno vino a envenenarme, me llevé las manos a la cara llorando como un niño que acaba de saber que la navidad para el no traeria regalos. Aquella carta parecía una bomba de recuerdos, pues había despertado en mi muchísimas cosas que parecían ya guardadas en un baúl bajo llave. Pero que lamentablemente ninguna de ellas volvería. Me pasé un pañuelo por los ojos y un momento de cólera se hizo presa de mi.

- ¡¡Si es una broma, no tiene ni puta gracia!! -Grité con todas mis fuerzas volcando el café al suelo-.

Agarré la carta y la arrojé al fuego con todas mis fuerzas, como quién se está defendiendo de algo, y sin volver a mirar caí al suelo de rodillas, llorando y maldiciendo a quien había tenido la idea tan descabellada de enviarme algo así. Pero en ese mismo momento escuche algo. Una voz susurrante y mustia me dijo al oído con una mezcla de cariño y odio, o por que no decirlo, de compasión.

- ¿Es esa la forma que tienes de huir de tu pasado?

Sentí el aliento de quien me hablaba en la parte trasera de la cabeza y me enderecé rápidamente como impulsado por un resorte, y aun con lágrimas en los ojos, grité al borde del pánico -¡¡Quien anda ahí!!-. Pero un silencio aplastante se hizo eterno.

- ¿Que quieres de mi? – volví a gritar desecho -.

Creía volverme mas loco por momentos, volví la cabeza para todos los lados incesantemente y lo único que vi fue el espejo donde se reflejaba mi propio rostro desquiciado. Casi no me reconocía, estaba al borde de un ataque, y decidí que lo mejor sería tranquilizarme un poco.

Me levante como pude, y miré al fuego esperando que la carta se hubiera esfumado para siempre… Efectivamente, allí ya no había nada. Me senté de nuevo en el sofá y me incline a levantar el café que estaba empapando la moqueta. Y allí estaba, al lado de la lámpara, volví a verla, intacta, como si el tiempo hubiera vuelto atrás.

La tomé entre las manos y no pude esperar más. –Esto no es algo normal-, pensé. Despegué la parte superior pensando que fuera lo que fuera no me afectaría más de lo afectado que estaba hasta ese momento. La abrí lentamente y saque un pequeño papel que había dentro, en el que se veían escritas unas palabras que parecían venir del mismo puño y letra del remitente. Y decía así:

Llevo ya mucho tiempo esperándote, tengo frío y está lloviendo,
¿Cuando vas a llegar?, ya sabes que te espero donde siempre,
En el sendero, bajo los árboles. en nuestro pequeño lugar.
Ven pronto por favor. Besos, Ángela.

Parte I
Parte II

Después de unos días sin saber si podía o no publicar la historia, aquí esta la segunda entrega de la misma :)

No puede ser – reí – ¡Que tontería!.

A pesar de mi convencimiento me levanté rápido y corrí hacia la entrada. - Puede ser otra cosa – me decía a mi mismo una y otra vez. Quizá en otro momento, no me habria fijado en ella, ya que el sobre no tenia nada en especial, pero sin saber porque aquella carta me decía algo…

Las cartas no andan, eso lo sabía de sobra, pero algo me decía aquella mañana invernal que era el mismo sobre que había visto caer por la puerta. No llegaba a averiguar porqué, pero tenia esa idea metida en la cabeza. El trayecto desde el salón a la entrada se me hizo realmente eterno. Una vez llegué allí corroboré lo que me temía. La carta no estaba, y yo no recordaba haberla cogido y no podría haber sido nadie mas, pues vivía solo desde hacia un año, desde que pasó aquello…

Un poco asustado (porque no decirlo) regresé a la habitación donde el olor del humeante café me hizo olvidar por un momento aquel pensamiento borroso y me senté pensativo en el mismo lugar de antes. Cogí la carta entre mis manos y sin volverla la examiné un momento. Estaba ligeramente manchada, parecía barro, asi que no cabía ninguna duda, pues la entrada estaba llena de pisadas de la lluvia. Lo que significaba que esa carta había estado en algún momento en la entrada de la puerta, pero… ¿cómo había llegado hasta ahí? No lo sabia, aunque en ese momento no me importo demasiado, pensé que seguramente habría sido yo y no me acordaría.

Sin mas contemplaciones, pues no tenia ganas de perder la mañana entera con una semejante tontería, le di la vuelta al sobre y atrás tenia un remitente, era solo un nombre y en el momento que lo vi quedé paralizado, los oídos me empezaron a retumbar, y un sudor helado me recorrió la frente. Por unos momentos se me nubló la vista al leer aquellas palabras. Era ese nombre…, el que tantas noches de sueño me había quitado, mi vida, mi ilusión, mi amor y mi perdición, -tanto te quise a mi lado y ahora intento olvidar para no caer de nuevo…- Noté unos instantes como mis manos temblaban y la carta pesaba tanto como un saco de cemento. Pero logré recuperarme un poco y volver a lo que estaba haciendo.

- ¿Ángela? –dije mientras se me escapaba todo el aire de los pulmones y unas lagrimas que caían al suelo como granizo.

El nombre estaba escrito por una mano temblorosa, pero lo que me impactó de verdad fue la forma de las letras y especialmente la de la A mayúscula, pues si no creyera imposible habría jurado que ese nombre lo había escrito ella…

Ángela era mi mujer. Y hacia un año que desapareció y había sido dada por muerta o por fugada. Cierto es que jamás llegaron a encontrar su cuerpo con o sin vida. Pero el hallazgo de alguna de sus pertenencias no daban otra explicación al caso…, yo sabia que ella nunca me abandonaría, o al menos eso quería creer…

Los vecinos intentaban no recordarme mucho lo que pasó, y ni siquiera me hablaban de ella. En el trabajo, aun muchas palabras de ánimo (o desánimo) me atacaban por los pasillos. Yo prefería que no me dijeran absolutamente nada, aunque no había día que no recordara su aliento, su rostro, su risa… y esos besos mágicos que me hacían sentir frío y calor al mismo tiempo. Sin duda, no había día que no prefiriera que lo que le pasó a ella me hubiera pasado a mí. Así no tendría que soportar la vida sin su voz, ni a gente cotilleando a mis espaldas, ni un año entero de pésames, ni a la policía diciendo “hacemos lo que podemos”, ni la incertidumbre de no saber si vive.

Sinceramente mi vida desde hacia un año era una batalla entre el recuerdo que me abrigaba, y el olvido al que me entregaba para encontrarle de nuevo sentido a seguir adelante. Pero francamente, mucho era el dinero gastado en psicólogos y muy poco el resultado. Habia aprendido a malvivir sin ella, pero en muchas ocasiones desee acabar con todo… Aunque ese deseo de llegar hasta el final del asunto me hacia seguir en pie y luchar con las fuerzas que me quedaban.

Parte 1

Aquí os dejo una de las obras con las que gané el segundo premio en un certamen literario a nivel de institutos en Málaga, retomando así el verdadero motivo por el cual un dia decidi abrir este blog. Hoy os pondré la primera parte, ya que a pesar de ser un relato corto, os puede resultar un poco pesado leerlo del tirón. Ademas, así quizá se haga un poco mas interesante :). Espero que os guste.

La Carta (1ª parte)

Los pasos resonaban en mis oídos con un ¡toc! ¡toc! de tambor. Era domingo, la mañana se presentaba lluviosa y triste. Unas solitarias y frías gotas empezaban a caer sobre mi rostro, soñoliento y deteriorado por la pesadez de tantas noches en vela. Las casas, grises ahora, me protegían un poco del intenso frío invernal que por las mañanas solía vestir de melancolía la ciudad. Así que agarré fuertemente la bolsa del pan que acababa de comprar, caliente y tierno, y me dispuse a llegar a casa lo antes posible. Mientras, las hojas secas de los árboles formaban remolinos y viejas piruetas a mi paso. Torcí la esquina a grandes zancadas. Tan grandes como mis pocos bien conservados 32 años me lo permitían. Y logré ver como tras un cristal, mi casa a unos pocos metros de distancia.

- Hola Toni – escuché – Buenos días.

- ¡Ah!…, hola, buenos días vecino. Perdone, pero con la prisa no le vi. ¿Muy temprano y muy mala mañana para sacar al perro no? –sonreí-. No son ni las nueve.

- Ya sabe como son estos animales… ¿Y usted a donde va a estas horas?.

- A casa corriendo que estoy helado –dije echando a andar de nuevo, intentando huir de la obligación de mantener una conversación de besugos a estas horas de la mañana-. Adiós.

Corrí los últimos metros hasta llegar a mi casa; la de la bombilla verde, y el viejo felpudo que te regalan los amigos cuando no saben que regalarte… Saqué las llaves del abrigo, abrí la puerta y entré a al recibidor medio resoplando de frío y limpiándome las botas de agua y barro para no ponerlo todo perdido. Cuando uno vive solo procura manchar solo lo justo…

El fuego que había dejado antes de irme endulzaba la casa con un calor tímido pero rebosante de vida, como una mariposa naciendo a la luz del día. Y un suave olor a café inundaba el aire tiernamente. Solté el pan en la mesa y me quité el abrigo para dejarlo en el perchero. Cuando me disponía a ir a por una taza de café algo me llamó la atención. Una carta entraba lentamente por la rendija de la puerta. Se deslizó por el lugar donde el cartero suele echar las cartas y cayó al suelo.

- ¿Correo un domingo? – me dije a mi mismo extrañado.

Apagué la cafetera, me acerqué a la puerta y era exactamente lo que pensaba, una carta, que a simple vista no parecía contener dirección alguna. La miré extrañado y la dejé donde estaba – después la leeré – me dije. Ya que pensaba que era algún tipo de publicidad, de esas que te llena el buzón día si y día también… “Al menos han sido discretos” –pensé-. No es que yo estuviera en contra de la publicidad, pero cuando al día te atacan con cientos de anuncios publicitarios y tienes un café y fuego en la chimenea, además de la posibilidad de poder elegir…, sinceramente me quedaba con el café.

Fui al salón con la taza humeante en una mano y “El proceso” de F. Kafka en la otra y me senté en el sillón. Una intensa luz roja e incandescente iluminaba la habitación, cuando encendí la luz de la lámpara que tenia justo al lado y en ese momento algo me corto la respiración un instante. En la mesa que contenía la lámpara estaba la carta que momentos antes habían echado por la rendija del correo.

No puede ser – reí – ¡Que tontería!…

Continuará…